Almas puras

China

Cuando pensaba qué iba a ser de mayor, llegaba siempre a la misma conclusión: “ Me faltan datos”. En el más profundo secreto se arraigaba en mi un sólo objetivo: “ ser un caballero”. No estaba de acuerdo con el rol que exhibían las mujeres de aquel tiempo. 

Tampoco me convencía el autoritarismo masculino.

Nada que ver con la gentileza que atribuía a los caballeros de pluma y espada. Lo de menos era que resolvieran sus justas con las armas sino la incondicional entrega a su dama. 

Con seis años, imprevisiblemente y sin que nadie lo detectara me quedé incomunicada. Creo que fue mi primer brote psicótico. 

Aprendí a no confiar en nadie y me integré a base de observar e imitar, usando una lógica aplastante, las respuestas habituales de los seres humanos y a cuidar y cultivar con esmero mis valores y principios caballerescos. 

Decidí no estudiar. En parte para disimular mi falta de concentración a pesar de mi reconocida inteligencia. Esto obedecía también a un objetivo imprescindible para mí: “ No ser envidiada, con la esperanza de recibir aceptación y cariño. 

Cultivaba pues mi gentileza, los detalles para con los demás, una riqueza espiritual notable, nobleza en mi corazón y una educación que aun hoy no pasa desapercibida. 
 
A medida que crecía alimentaba mi aislamiento y mi poder para integrarme en el silencio en un mundo donde me sentía única y diferente. 

De joven era lo más parecido a una cabra loca.
Mis mejores amigos eran los perros del barrio. 
Los reunía y nos íbamos al monte. 
Era una muchacha” rara”. 

Aproximadamente tenía veinte años cuando reventó la castaña. Un brote psicótico agudo acabó con mis huesos en un psiquiátrico. El psiquiatra, sin analíticas previas, tuvo el atrevimiento de comunicarle a mi familia que la crisis era consecuencia de las drogas. Ni siquiera fumaba porros, pero para los míos era un motivo lógico que evitó darle más vueltas al asunto. 

El diagnóstico fue erróneo y el tratamiento traumático. 

Me convirtió en un zombi en todos los sentidos. Mis movimientos eran lentos, mi comunicación nula y mis pensamientos negativos y reiterativos. 

En cuanto tuve la oportunidad hui con la mujer que me había jurado su amor. 

No podía articular palabra pero cada día la hacía mía. 
A pesar de las críticas ella me cuidaba y mantenía. 
La dejé por amor. 
Me equivoqué. 
 
Sacrifiqué la relación con el convencimiento de que no tenía derecho a arruinarle la vida. 

Desde entonces viví en mundos marginales. 

Mi autocontrol y seriedad en la calle me valieron el adjetivo de intocable. Durante años conservé los que consideraba valores aparentemente poco prácticos en este mundo; nobleza, honestidad, respeto…acompañados de una seriedad y soledad poco comunes. 

Me pasé la vida entre excesos, buscando la muerte. 

De la noche a la mañana hablé con DIOS y llegamos a la conclusión de que la vida es poco menos que sagrada y yo me estaba equivocando. Me hice una promesa, respetar la vida aun en las más profundas depresiones. 

De mis principios caballerescos quedó una exagerada exigencia a los hombres y una tolerancia absoluta a las mujeres. Por todo esto estuve más de una década sin relaciones. Para no tener ni la más mínima oportunidad de defraudar a una mujer. 

Como no toleraba la medicación, decidí arriesgarme a volverme loca en las calles de Madrid antes que vivir vegetal. Esto me costó repetidos brotes. 

Hasta que por un accidente del azar dieron con el tratamiento adecuado. 

Sólo quería ser feliz. 

A pesar de que no me implicaba en ninguna empresa, por miedo al fracaso y la debilidad de mis emociones, busqué una asociación especializada que día a día me proporciona pequeños éxitos. 

He vuelto a refugiarme en el arte. En el fondo de mi corazón me enorgullezco de ello. Pensar en riesgos mayores y comprometidos me paraliza. 

Sigo pensando que no debo acometer grandes ni medianas empresas, pero mis pequeños logros diarios fortalecen mi autoestima e incluso mi prepotencia. 

Si, hay un objetivo que persigo incansable: mantener y cultivar mi riqueza espiritual y mi nobleza de corazón. No hago daño gratuitamente. Ni siquiera robo por fácil que lo tenga. 

Podría meterme en mundos sobradamente productivos, pero prefiero ahorrarle a mi madre disgustos o vergüenzas. 

No pienses que no tengo anhelos terrenales.
Me haría feliz una auto caravana… quizás cuando venza mis complejos y me atreva a proyectar mi vida. 

Y por supuesto tendré un perro o dos, o incluso una granja donde criarlos.