La asignatura de mi vida

Estela

Nací en Toledo en 1969 en el seno de la familia más cariñosa del mundo. Puedo decir que mi infancia fue muy feliz, aunque mi hermano pequeño siempre estuviese cruzándose por medio a trompicones con la bicicleta o con el balón, como mis otros tres hermanos eran mayores siempre acabábamos los dos enzarzados.

Me crie como una niña sana, sin ninguna enfermedad salvo la varicela a los 9 años, algo muy corriente en los niños de aquella época. 

En la escuela jugaba con todos los niños y niñas, al los juegos de entonces, el escondite, la comba, las muñecas… juegos muy diferentes a los de ahora. Mis notas eran buenas menos en matemáticas que siempre eran catastróficas, nunca conseguía llegar al suficiente, eso me hacía sentir mal, era ya como una pesadilla. 

En casa siempre la misma guerra, al medio no nos echábamos la siesta y eso enfadaba muchísimo a mi padre y entre juego y juego llegó mi adolescencia con las paellas del fin de semana de mi madre ¡qué ricas!. Me centré en ir a la discoteca, venga discoteca, venga discoteca, yo era una chica muy mona, los enamoraba a pares, no me faltaban admiradores hasta que me eché novio y en muy poquito tiempo, me casé. 

Me casé y en poco tiempo tuve un niño, yo creo que en ese momento empezó todo, una etapa muy dura, de mucho dolor, de sufrimiento mío pero ahora veo que también de los que estaban a mi alrededor. 

El embarazo fue difícil, me vi envuelta en una depresión o lo que yo creía que era una depresión, si un día era malo el otro era peor, lo pase muy mal, me sentía tan mal que me daba golpes en la tripa, eso también me hacía sentir mal, me volvía loca y el dolor me consumía. 

Cuando nació el niño no tenía fuerzas para atenderle, me sentía cansada, triste, incapaz, yo estaba allí pero no estaba, lo quería muchísimo, pero me dio por ahí, es difícil explicar lo que sufría. Yo veía como todos se hacían cargo de mi hijo, mi madre, mi padre, mi hermano le llamaba hijo y yo me sentía paralizada, agradecía la ayuda pero eso me hacía sentir más mala madre. Se quedaron cuidando a mi hijo y a mí me llevaron al hospital provincial, no quiero recordar esos días, aún ahora cuando pienso en ellos, los ojos se me llenan de lágrimas y me invade una profunda tristeza. 

Los primeros días en el hospital fueron muy confusos, solo quería que me ayudasen a no sufrir, a no pensar, a salir de esa situación, a ser la que yo había sido, aquella niña feliz que su único problema eran las matemáticas. Un día alguien me dijo que tenía esquizofrenia, pero tampoco sabía bien que quería decir eso, qué iba a cambiar en mi vida, solo quería saber cómo ser la que era. Entre altas y reingresos transcurría el tiempo sin que notase ninguna mejoría y eso me generaba más sufrimiento. 

Al principio cuando me daban el alta, llegaba a casa e intentaba cuidar a mi hijo, pero cuando veía que no era capaz, que los demás lo hacían mejor que yo, volvía a empeorar y de nuevo al hospital, se convirtió ya en una rutina de la que no sabía cómo salir y poco a poco iba notando como mi hijo no me echaba de menos, como estaba más a gusto con los demás que conmigo. 

Hoy en día lo agradezco, mi hijo se ha criado con el cariño de mi familia y con su padre, le he podido dar mucho amor aunque no lo pudiese criar, creo que tengo un corazón muy grande que me ha permitido seguir queriéndole a pesar de todas las dificultades.
Un día mi hermana vio que yo no podía seguir así, reingresando continuamente y me buscó un centro, mas alejado de mi casa, pero donde de verdad entendiesen lo que me estaba pasando. Empecé a hacer cosas, a pensar en qué hacer con mi vida, como seguir para delante. Poco a poco fui dejando a tras el dolor y empecé a pensar qué hacer, me matriculé en educación de adultos con la intención de finalizar los estudios que por mi embarazo había dejado a medias, poco a poco me iba viendo más activa, los amigos y los profesionales me lo decían y eso me hacía sentir bien, estudiar, leer, preparar los ejercicios… Es cierto que hay momentos en los que la enfermedad no me permite hacer todo lo que me gustaría, pero en cuanto estoy un poquito mejor siempre hago algo. 

He llegado a estar tan mal que no tenía control sobre mi propio cuerpo, llegue a ser totalmente dependiente, me tenían que asear, ayudar en el baño, ayudarme a vestir e incluso a alimentarme, pero hoy puedo decir que después de todo este sufrimiento me he recuperado, llevo una vida tranquila, hago lo que quiero. Por primera vez puedo decir que soy una mujer feliz, estoy contenta conmigo misma y con los demás. Cada quince días voy a ver a mi hijo, que ya tiene 17 años, se que entiende todo lo que ha pasado mi relación con mi familia es muy buena y eso me hace feliz. 


Tengo algún bajón pero he aprendido a salir de ellos y también he aprendido una importante lección que el diagnostico no hace a la persona, creo que esto es mejor que aprobar las matemáticas.