Mi proyecto de vida

Emilio

Recuerdo que era un niño introvertido, pero sociable. Y tenía muy buenas notas.

Al cumplir diez años nació mi hermana. También recuerdo que cuando mi madre estaba en amplio estado de gestación, un día, bueno, de madrugada, estuvimos viendo todos (mis padres, un primo que vivía con nosotros y yo) el combate por el título mundial de los Pesos Pesados, boxeo, entre Cassius Clay y Joe Frazier. Y ese día al salir del colegio, estaba mi padre, el cual, al verme, me dijo:

      - Hijo mío, has tenido una hermanita.

La noticia me llenó de alegría pues ya éramos una más en la familia. También me cambió como persona. A raíz de todo eso, con diecisiete y en el instituto, yo, que hasta entonces sacaba muy buenas notas, empecé a empeorar. De sobresalientes y notables a suspensos (posiblemente por el cambio del colegio al instituto, también motivado por los amigos que iban en la misma línea que yo).

Fueron años convulsos, y en la década de los ochenta empecé a trabajar (tenía para entonces el carnet de conducir) repartiendo pasteles, donuts, etc.

No sé que me pasó con el COU, que suspendí, o me suspendieron el COU, el primer año todas las asignaturas, y el segundo año lo mismo pero con el agravante de que fueron todas con una deficiencia absoluta. Siendo sincero, ese segundo año apenas asistí a clase.

Después de dejarlo, seguí repartiendo pastelería.

Hasta que un día, al llegar a la fábrica a cargar los donuts, me anunció el jefe:

      - Oye Emilio, que he cogido en tu puesto a otra persona…

Me quedé petrificado, pero como era el jefe y yo no tenía por donde agarrarme, me callé y dejé de ir, o volver, al trabajo.

Al poco, unos meses más tarde, mi padre me encontró otro trabajo. De repartidor de quesos. Estuve distribuyendo quesos cuatro o cinco meses. Pero como vendía poco y sólo me llegaba para los gastos, la gasolina y poco más, lo dejé.

Luego otra vez al cabo de los meses, otra vez mi padre, y otra vez de repartidor, o logística como la llamaban, me dediqué a distribuir periódicos deportivos; el Marca. Pero el trabajador que me iba a enseñar la ruta (decir que mi padre me compró un coche para poder hacer el reparto) no decía nada o no me indicaba los lugares o parecía enmudecer.

Total, que por unos u otros motivos, no llegue ni tan siquiera a repartir un Marca. Luego vino el servicio militar.

Éste fue peculiar. Sé que todos dirán lo mismo. Pero yo así lo creo. Estaba algo kili-kolo, no tenía las ideas claras, y me destinaron al campamento de Araca en Vitoria.

Por aquel entonces ya fumaba. Y en Araca no dejé de hacerlo.

Allí me encontré dos o tres amigos. En el autobús para ir uno ya me estaba tentando con un porro… Me apunté a los paracaidistas. Las pruebas físicas me salieron muy bien, nos dijeron que nos pagarían por adelantado, luego otra vez silencio, nos las tenía todas conmigo, otra vez el compañero que me iba a enseñar la ruta de para repartir el Marca.

Llegamos al cuartel sobre las diez de la mañana y nos pusimos en fila a esperar en el ansiado sueldo. Mis compañeros no abrieron la boca y después de tres horas esperando, hasta la una, se me cruzó que ya no quería hacer paracaidismo, y me fui a los barracones.

Allí el teniente empezó a gritarme y a decirme que volviera ipso facto al cuartel y al negarme y decirle que no, me arrastraron primero al botiquín y al día siguiente al hospital militar de Burgos.

Allí no lo pasé muy bien que digamos. Era un hospital.

Después de mes y pico me dieron el alta y “La Blanca”. No había más mili para Emilio. Caí en depresión. Estaba confundido y apático. Los amigos no eran una ayuda, también coqueteaban con las drogas.

Estuve un tiempo sin trabajar. Sólo ayudaba a mi padre en sus chapuzar: hacer una casa en el pueblo… Fueron malos tiempos también para él en el tema trabajo. Lo hacían rotar. Estaba a temporadas. Yo lo ayudaba con las chapucillas eventuales. Hicimos una casa en el pueblo. Nos costó quince años levantarla. Yendo y viniendo de Zamora (dónde está mi pueblo). No lo pasamos tan mal. Estaba entretenido, y tenía trabajo no remunerado, pero trabajo.

Me saqué en aquellos años el carnet de camión. A la primera, aunque tuve problemas con el psicotécnico. Según el psicólogo, había hecho mal el Test de Rorschach. Luego empezaron las preguntas del tipo ¿por qué dejaste la mili? ¿Tomas algún tipo de pastillas? Y sí, la había dejado por lo que he contado antes. Y también, tomaba antipsicóticos por la depresión. No me renovaron los carnets. Ni el de coche ni el de camión.

Y llegaron años de nervios y confusión motivados por la falta de perspectivas laborales, porque la mayor parte de mis amigos me dieron de lado, por muchas cosas, y sólo me relacionaba con gente en mi misma situación o de la asociación en la que estaba: Avifes. En ocio y tiempo libre.

Hacíamos excursiones, íbamos al cine, tomábamos algo… En 1997 ingresé en el Hospital de día de Garamendi. En el 2000 falleció mi padre a causa de un ictus. Fue un golpe muy duro.

En 2016 tuve la oportunidad de realizar un proyecto muy ilusionante con Avifes: Al filo de lo Imposible. Era una aventura con un “diseño progresivo” como dice Sebastián Alvaro, de hacer rafting, montar el globo y cumplir el objetivo: subir al Naranjo de Bulnes. Tuve la suerte de coincidir en el reto con Bea, Fernando, Sergio y Gonzalo, así como con varias profesionales de Avifes. También concí a la gente de Al Filo como a Sebas, Ramón, Juanjo, Juanito, Javi, Paco, Maher… Y a los de Janssen como a Alejandro, Juanjo, Ramón, Roberto…

Cumplimos los objetivos y todo salió a pedir de boca. Ahora presentamos el documental que hicieron por toda España.

Para acabar, he de decir que ya no estoy en el Hospital de Día de Garamendi. Estoy en un centro de día de Avifes en Zorroza. Llevo casi un año.

En un futuro espero seguir como hasta ahora, estable, y aprovechar la oportunidad si me sale algún trabajo o estudio.

Pd. Sigo escalando en el rocódromo.