Yo, Segismundo

Txemi

Me llamo Segismundo y nací en lo alto de una montaña, junto a un viejo roble herido por un rayo. Mi madre era pastora y ya se sabe que en el monte entre pastores y pastoras se da una fuerte relación afectiva que desemboca en embarazo y subsiguiente parto.  

Entre árboles, en un sotobosque por el que discurría un pequeño río, vine al mundo. Todavía no acierto a comprender cómo sobreviví en aquellas circunstancias. Una vieja loba me amamantó y crió junto a sus lobeznos. Éramos como hermanos.  

Hice muchos amigos en el bosque. La señora comadreja, simpática, que vivía en el hueco de una encina y siempre estiraba su cuello amedrentando a cualquier posible intruso. Andaba siempre a la busca y captura de algún roedor para echarle el guante en un momento de despiste, pero esos esquivos parientes de Mickey Mouse eran listos como demonios y no resultaban ser presa fácil.  

Cerca estaba también el cubil del señor zorro, especialista en espionaje. Con su olfato prodigioso no perdía nunca la oportunidad de incordiar a mis entrañables vecinos. Siempre tratando de divisar alguna liebre distraída; difícil empresa: Ni judío necio ni liebre perezosa. Tenían éstas huidizas liebres madrigueras que parecían auténticos laberintos, con muchas entradas y salidas; casi imposible acertar la correcta. Pero el señor zorro era paciente como Job y al final siempre acababa obteniendo premio. Su esposa la raposa era agradecida y buena madre. Cuidada de los cachorros con tal cariño que podría decirse que derivaba incluso en obsesión.  

Yo ocupaba una vieja covacha protegida del frío y del agua. Estaba orientada hacia el sol. Dentro de esta cueva-vivienda había tumbas antropomórficas, excavadas y horadadas en la roca. Yo dormía en ellas cubierto por hojas recogidas de muy distintos árboles; generalmente robles, encinas, chopos o abedules.  

Me alimentaba de frutas del bosque: fresas salvajes, bayas, miel… A veces, y habiéndome acercado a los campos de cereal próximos a mi covacha, recolectaba trigo y centeno y cebada y titos que son unos garbanzos pequeños.  

El agua la conseguía de manantiales y algún cubillo. Vivía placenteramente en el sotobosque y mis amigos solían visitarme de vez en cuando, hasta que un día oí ladridos fuertes. No eran de lobo. Sabía diferenciarlos. Los conocía. Eran perros sabuesos que acosaban a los jabalíes. Tras ellos aparecieron los cazadores. Los perseguidos jabalíes se lanzaron entre zarzas y matojos, monte arriba, pero los cazadores, olvidados de la primera presa, acabaron cazándome a mí.  

Me encontraron casi desnudo, como un salvaje, y con cuerdas me ataron a un árbol y me cosieron a preguntas y más preguntas que no entendía ni quería entender. Empecé a aullar para reclamar el auxilio de mi madre loba, su olfato la previno y le mantuvo dentro del cubil.  

Así que me llevaron a un Land Rover estacionado por los alrededores y siguiendo un camino forestal llegamos a un pequeño pueblo serrano.  

Fui exhibido en la plaza. Otro lobo abatido. ¡Vivan los valientes cazadores! Los lugareños tiraban monedas que los captores recogían con rapidez. No entendía… tanta gente mirándome, tanto ruido, tanta fiesta… Eché en falta a mis amigos del bosque.  

Al fin, decidieron ingresarme en un orfanato de monjas, que se afanaron por reconducirme por el buen camino. Pero yo era torpe, de boca, y hacía y decía cosas para ellas ininteligibles, que acabaron por arrastrarme hasta un hospital psiquiátrico de la capital.  

Allí estaba más perdido si cabe. Los psiquiatras no acababan de ponerse de acuerdo respecto al diagnóstico sobre mi posible enfermedad. Algunos decían que padecía alucinaciones. Sería por mi ininterrumpida verborrea sobre la vida salvaje. Los detalles del bosque y mis amistades animales corroboraban esta primera postura diagnóstica.  

Por su parte, y dada la aplastante opinión mayoritaria, se me acabó diagnosticando un trastorno esquizofrénico.  

A partir de ahí, me la pasaba comentando mis anteriores aventuras en el sotobosque con mis compañeros: los otros internos. Ellos, asombrados, se quedaban absortos con mi ulterior modo de vida.  

Este inusitado interés por escuchar mis historias llegó hasta el director del hospital. Visto el éxito de mis charlas entre los internos, organizó una serie de conferencias que congregaban toda clase de especialistas en el tema en las que la principal intervención era la  mía.  

Esto supuso una liberación. Gané confianza en mí mismo. Una extraña empatía fue creciendo entre los internos y eso me animaba más y más y me hacía comprender más profundamente mis sentimientos.  

Pasaron las semanas, y para mi sorpresa aparecieron en el jardín unos cachorros de perro, gato y pato. También fueron acercándose las crías de jilgueros, periquitos, etc. 

La gente se mostraba entusiasmada. Les puso nombre a cada uno de ellos y se organizaron turnos para atender y cuidar a estos nuevos inquilinos. Todo el mundo estaba dispuesto a ayudar y los animales respondían ante las muestras de cuidado con cariño hacia los internos entregados. El centro se convirtió en un oasis de paz. La gente sólo pensaba en colaborar para evitar que se llevasen a los animales a otro lugar.  

A mí me concedieron una placa en la institución y los animales estaban tan bien atendidos que se olvidaron de regresar al bosque. Acabé haciendo nuevos amigos, no sólo animales sino también humanos. Algo nuevo para mí.